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Hoy sábado 16 de julio de 2005

Una vez más: en contra de la educación bancaria

Primera parte

JUAN MANUEL GUTIÉRREZ VAZQUEZ

Una y otra vez visitamos escuelas y universidades, una y otra vez asistimos a clases en instituciones de educación básica, media superior y superior, y una vez más se nos va el alma al suelo: el profesor, sobre el estrado o dando calmosos pasos sobre el suelo, con mesa o escritorio al lado o sin ellos, pero siempre frente al grupo, dicta, esto es, dice su clase, como se hacía y se viene haciendo desde hace más de 600 años.

Los alumnos escuchan o no, ponen atención o no; como visitante, uno percibe que aquí y allá algunos procuran seguir al maestro mientras otros ni siquiera lo intentan: están en la luna de Valencia o de plano están haciendo otra cosa. Pero el mentor no se da cuenta o prefiere o finge no darse cuenta, y sigue sus decires con flema o con entusiasmo, con monótono acento o con ocasionales fuegos de elocuencia, pero dentro del mismo esquema o patrón: quien da la clase habla, quien la toma escucha.

maestro clasesCon insistencia se ha dicho y escrito, y yo comparto esa convicción, que el conocimiento no se transmite, que el estudiante, que se está formando a nuestro lado y no frente a nosotros, debe reconstruir los saberes de manera creativa y participativa; que para ello debe aportar su propia experiencia cognitiva escogiendo, dialogando, argumentando y haciendo con sus tutores y con sus compañeros; que es indispensable que reelabore lo que escucha, lo que lee, lo que observa y lo que hace para asumirlo de manera crítica y selectiva como cosa propia en la estructura de su discernimiento y de sus competencias personales, que le son característicos y exclusivos; que un alumno, para aprender, debe ver con sus propios ojos, pensar con su propia cabeza y hacer con sus propias manos.

Freire se lanzó hace ya muchos años, y todos nosotros con él, en contra del modelo de educación bancaria, en el cual el maestro habla y los alumnos escuchan sentaditos en sus bancos, el maestro dicta y los alumnos escriben, el maestro hace preguntas y pone pruebas y exámenes para ver "quién entendió y quién no"; esto es, en el fondo, un modelo que supone que el maestro sabe y los alumnos no, el maestro instruye y manda y los alumnos ponen atención y obedecen si quieren "aprender". Alumnas y alumnos son considerados tabula rasa, cestos vacíos, mentes en blanco. No voy a insistir en las relaciones obvias que este modelo guarda con la injusta realidad social en que vivimos, en la que quien tiene el poder es el que "sabe" y manda y el ciudadano es quien ignora y por tanto debe obedecer; y quien no obedece es porque "no entiende", "no sabe", y por lo tanto queda descalificado.

Que ocurra esto en las instituciones de educación superior es inconcebible, pues alumnas y alumnos tienen detrás 12 o 14 años de escolaridad. Pero tampoco tiene que suceder en los niveles educativos precedentes, ya que incluso al jardín de niños el párvulo llega con una enorme gama de conocimientos, de actitudes y de experiencias que deben ser consideradas y puestas en juego por la educadora para hacer participar a los infantes de manera imaginativa y creadora en el diario quehacer escolar. Y, de hecho, es el de educación preescolar el único nivel educativo en el que se trabaja sistemáticamente de esta manera. A partir del primer grado de primaria, niñas y niños se ven obligados a "tomar clases", poco a poco para empezar, pero avanzando con paso firme del segundo al sexto grados, ya que debemos preparar a chicas y chicos para la secundaria, en la que los preceptores, por lo regular, "dictan" cátedra. Y por eso es que muchos de nuestros jóvenes no saben escribir lo que piensan o lo que sienten: los hemos entrenado para escribir solamente lo que se les dice.

Volviendo al nivel de la educación superior, insistiré una vez más en que una universidad es una comunidad de estudio y aprendizaje en la que se promueve a un nivel avanzado la construcción colectiva de saberes, valores y actitudes así como el desarrollo físico, intelectual, afectivo, moral, cultural, social y profesional de todos sus miembros, sean autoridades, profesores, estudiantes o empleados.

Para apuntalar y robustecer dicho desarrollo, y para asegurar la construcción colectiva de saberes, valores y actitudes, la universidad de nuestros días debe llevar a buen fin una gran pluralidad de actividades de aprendizaje tales como clases, sí, pero también, como ya dije en mi entrega anterior, sesiones de laboratorios y de talleres varios, investigaciones, prácticas diversas, trabajos de campo, análisis de resultados, videoconferencias, mucho estudio independiente, aprendizaje cooperativo, seminarios, coloquios, grupos de discusión, conferencias, estudio de casos, pasantías formativas, simulaciones informáticas, clubes, uso y discusión de materiales de aprendizaje y estudio de distinta naturaleza, visitas, viajes, actividades culturales, autoevaluaciones, coevaluaciones y heteroevaluaciones (la evaluación, cuando se hace bien, constituye una actividad de aprendizaje)y otras. Es claro que muchas de estas actividades son implementables desde la educación primaria.