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Hoy miércoles 7 de diciembre de 2005

Arte y ocaso

Segunda parte

JUAN MANUEL GUTIÉRREZ VAZQUEZ

Veamos cómo terminó la exposición en las Serpentine Galleries a la que me referí ayer. La señora Takahashi, de acuerdo con los directivos de la galería, decidió cerrar la exposición invitando al público a llevarse a casa los tres objetos que quisiera el día de la clausura (ocasión en la que se formaron colas más largas que para ver la exposición misma). Por laudable que sea la sana costumbre de reciclar las cosas, creo que nunca se había llegado a estos extremos: una exposición de arte formada por objetos tirados a la basura por la gente, y que ahora la misma u otra gente recogía para llevar a casa. No solamente para los niños, sino para sus padres, aquello fue una verdadera fiesta, una especie de Navidad en plena primavera: cada quién podía llevarse lo que quisiera, era algo así como el agua convertida en vino, lo que antes fue tirado porque carecía de valor, ahora era recogido pues tenía más valor que antes. Para cubrirse de cualquier malentendido, pues alguien intentaría vender lo que se llevaba como una "obra de Tomoko Takahashi", la galería repartió a todos los asistentes a la clausura una nota que decía: Por favor tome usted nota de que los objetos que se lleva no son obras de arte. Con este acontecimiento, por supuesto, no faltó quien teorizara sobre todo ello.

damien hirst 2La señora Takahashi había pasado meses de basurero en basurero colectando y seleccionando los objetos de referencia, y tan solo para montar la exposición tomó un mes completo, y cuando digo completo lo digo en serio: la artista se mudó para vivir en la galería y pasó trabajando más de cuatro semanas en ella, durmiendo unas cuantas horas al día en un pequeño colchón inflable. Pero al final, en unas pocas horas, la galería quedó limpia y vacía. Para la artista y los directivos, los objetos desechados habían adquirido un nuevo valor para la gente al verlos en un contexto distinto, y eso constituía una experiencia perceptiva importante, además de haber logrado, con esta exposición, reintroducir millares de objetos al mundo al cual pertenecían ("hemos devuelto a la gente objetos que en el fondo eran suyos", dijo la directora). Para otros, se trató simplemente de un procedimiento de muy bajo costo para deshacerse de la basura. Y para otros aún esta experiencia constituía una prueba más de que la sociedad es incapaz de decir no cuando se le ofrece algo gratis, aunque no valga nada.

Se afirma que el talento de la señora Takahashi consiste en rearreglar las cosas, dar organización a pilas de objetos en las que no había disposición ni estructura, esto es, poner un cierto orden en el caos. Pero los organizadores de la exposición dejaron claro que todos estos objetos carecían de valor antes de que la artista los ordenara, adquirieron valor estético en la disposición que la artista les dio para la galería, y volvieron a perder ese valor en el momento que se desmontó la exposición y se regalaron los objetos al público, aunque alguien que hubiese tomado tres objetos vecinos y relativamente aislados en la exposición los haya dispuesto exactamente igual en la sala de su casa. Esto es, que los objetos se convirtieron en obra de arte gracias a la artista, y dejaron de serlo en el momento en que fueron redistribuidos. Llevando al extremo este razonamiento, un objeto se convierte en obra de arte porque el artista así lo decide (recuérdese el urinal o la rueda de bicicleta de Marcel Duchamp, ambos postulados por el artista como obras de arte y todavía piezas de museo), y deja de serlo porque el artista también lo decide así, aunque durante el proceso el objeto siga siendo el mismo. Algún bromista ha dicho que está a la espera de que algún pintor o encargado de galería declare que la Monalisa de Leonardo o las Meninas de Velázquez no son obras de arte para correr a las puertas del museo respectivo y solicitar que se las obsequien.

El público, y las inexorables fuerzas del mercado, tienen algo que ver también en todos estos enredos y travesuras (y ojalá que se tratara solamente de travesuras, pues los museos gastan millones de pesos de nuestros impuestos en adquirir y exhibir estas "obras de arte"). Cualquier garabato que Picasso o Diego Rivera hayan hecho en la servilleta del restaurante o la taberna, si lleva su firma, se convierte automáticamente en obra de arte. Todo apunte, nota o esbozo hecho por un artita famoso es considerado obra de arte (en ocasiones aunque el artista mismo no lo juzgue así), con tal de que estén firmados o "autenticados" por algún experto de renombre. En Inglaterra, recientemente, uno de los gatos de una conocida artista se extravió; como se acostumbra en esos lugares, la pintora escribió un mensaje con una foto del felino, lo firmó, lo reprodujo y pegó copias del mismo en los postes del barrio para que los vecinos le ayudaran a localizar al animalito. Pues al poco tiempo la artista pudo comprobar que, en una galería, se vendían tales avisos como obras de arte firmadas por la autora.

¿Modernismo, postmodernismo, arte moderno, postarte, arte postestético? ¿De quién es el juego? ¿De los artistas, de las galerías, del mercado de arte, de los coleccionistas adinerados, del público en general? Ya han aparecido libros cuyos autores son algunos de los críticos y estudiosos de la estética de mayor fuste, que hablan del final del arte. Y, por otra parte, reconozcamos que la verdadera obra de arte vive por sí misma, va incluso más allá de la intención del artista que la creó, encuentra nuevas interpretaciones entre quienes la estudian y gozan con ella, y todo esto trasciende el tiempo y el espacio: una gran obra de arte del neolítico o del románico sigue siendo gran obra de arte ahora y lo será siempre, una gran obra de arte teotihuacana sigue siendo gran obra de arte en Londres o en San Petersburgo. Resulta claro que el asunto no es sencillo, y vamos a continuar con él.