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La tala, amenaza del sentido comunitario ISMAEL GARCIA MARCELINO Muerto un agente de Seguridad Pública, dos indígenas menores detenidos y alterado el orden social por los conflictos de la Meseta. Rotos los preceptos de la paz y la relación intercomunitaria, llorar los muertos o vengarlos no representa el pensamiento completo para comprender una situación como la ocurrida en la Sierra. No toda la comunidad indígena vive de la explotación del bosque, la gente de Capacuaro no subsiste sólo de este recurso, y para quienes ejercen otras formas de trabajo no es indiferente la tendencia estadunidense de hacer pruebas bélicas y jugar con pistolitas que matan personas de carne y hueso. El diagnóstico socioeconómico de esta parte del pueblo purépecha requiere tomar en cuenta muchas cosas más que tener servicios o no tenerlos, más que atesorar valores e incursionar o no en formas de desarrollo que se desligan del trabajo con la madera. El ejercicio de sus derechos como manifestarse por la defensa de lo colectivamente propio, como las aguas y los bosques, no debería requerir de la protección de la fuerza pública ni mucho menos de las fuerzas armadas del Ejército. La tozudez de perder poco a poco, en la medida que más se viaja a Estados Unidos, los valores de convivencia y el sentido comunitario de la existencia, no debería justificar ni permitir que la gente, despilfarrados sus propios recursos naturales, crea que puede apropiarse de lo que ya consumió. Esta idea sólo puede tener una explicación nada aislada: un pueblo metido a un proceso de transculturación donde entran en juego ideas de desarrollo relacionadas sólo con la acumulación de bienes y símbolos de poder, cuya búsqueda atropella a cuantas personas, instituciones o razones se interpongan en su proceso. La estridencia y el vértigo son fenómenos que apenas están aceptados como responsables de los hechos suscitados en la Meseta Purépecha, donde la gente de Cherán Atzícurin se vio violentada en su lucha por exigir seguridad y garantías para sus ya de por sí devastados bosques. Así también, la gente Ahuiran, pueblo serrano, y Tanaquillo, Zopoco, Acahuén y Urén, de la Cañada de los Once Pueblos, quienes saben perfectamente cómo la gente de Capacuaro, Tanaco y Huécato ha pasado de la explotación irracional de sus propios recursos a la explotación enconada de los recursos de otros pueblos y luego a la violencia contra quienes en su justo derecho defienden lo que por tantos años han cuidado y reservado para generaciones que vienen. En días pasados, en otro enfrentamiento similar donde resultaron muertos dos indígenas, la cantadora de música purépecha Rocío Próspero se manifestó contra la violencia y prometió que no volvería a cantar si "mis hermanos indígenas no frenan sus absurdas hostilidades", señaló en un texto publicado en el periódico virtual Xiranhua. Nada cambió, pero no fue poca cosa su manifestación. Días más tarde, el comunicador indígena Ignacio Márquez hizo público en el mismo medio los intentos de ser obstaculizado en su tarea de "dar voz a los indígenas que tienen algo que decir", más allá de la visión folclórica que hace objeto a los indios purépecha, nahua, mazahua y otomí. ¿Se trata entonces de que cada conciencia, que las hay, y muy profundas, se organicen fragmentariamente para caminar para quién sabe dónde, y como indígenas nos convirtamos en presa de cualquier tendencia que nos declare definitivamente anticomunitarios? Este hecho, donde esta vez fue un policía quien resultó caído, ocurrió en la Meseta, pero los pescadores, los comerciantes, los profesionistas indígenas de otros rumbos, tienen seguramente una segunda alternativa que impulse a los pueblos indígenas hacia un proceso de desarrollo donde los valores estén a salvo y la prole pueda pensar en un futuro más prometedor. |
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