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Hoy sábado 2 de
septiembre 2006
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Los lapsus del salinato
“Ya huyáis de mí en el engaño o ya penséis alcanzarme en el error, yo os alcanzo en la equivocación contra lo cual no tenéis refugio (...) lo público ahora, y desde ese momento será un poco más complicado hacer como si nada, en sociedad buena o mala. Pero no hay ninguna necesidad de que os canséis en vigilaros mejor (...) la intención más inocente se desconcierta de no poder ya callar que sus actos fallidos son los más logrados y que su fracaso recompensa su voto más secreto”.
Jacques Lacan
Rosario Herrera Guido
Lapsus linguae es un término de origen latino que significaba caída, deslizamiento, y que a partir del siglo XVI designó los deslices de la lengua, aceptados como errores, por lo que se les concebía como distracciones inocentes. De manera lacónica, el lapsus era entendido como un desliz en el habla y la memoria, al que la misericordia popular tenía que disculpar como una falta que se cometía por inadvertencia al hablar (lapsus linguae), al escribir (lapsus calami), al actuar y al recordar (lapsus), y que consistía en decir, escribir o leer otra(s) palabra(s) en lugar de la(s) que la conciencia intencional quería decir, leer o escribir, así como en una falla de la memoria, que conducía a ciertas acciones no esperadas.
Sigmund Freud, de quien este año se celebran en todo el mundo los 150 años de su nacimiento, en un momento temprano de su obra Psicopatología de la vida cotidiana (1901), analizó el lapsus (Versprechen) como una de las expresiones de la vida inconsciente (al lado del sueño, el chiste y el síntoma), y le concedió todo el peso de la verdad al deseo inconsciente, involuntario, que no es lo mismo que irresponsable, sosteniendo que no se trataba de ningún error o falla, sino del deseo que acierta, a pesar de la censura de la conciencia, al surgir sin que nada ni nadie pueda detener el poder de tal verdad, y sin que, si se le escucha, alcance perdón alguno. Pues el inconsciente, reservorio de representaciones reprimidas (sofocadas por la conciencia crítica y moral), es como un prisionero en permanente intento de fuga. Y es que cuando una verdad se sepulta se potencia la imperiosa necesidad de su emergencia. Porque no hay más represión (Verdrängung), incluso en sentido político, que de la palabra, cual mordaza al discurso que impugna un poder pervertido en dominación.
Si la represión es el pilar del psicoanálisis –como sostiene Freíd– es porque la verdad pugna por ser reconocida, con tal prisa, que se precipita e irrumpe, incomodando a quien la pronuncia y a quien la escucha, pero también dando lugar a la risa, que siempre se burla del poder adulterado. Y es que la conciencia no tiene todo el control sobre el discurso, pues ella no es más que efecto del lenguaje, a tal punto que ella misma se desconoce en sus tropiezos. Como enseñaba Jacques Lacan: “el inconsciente es la parte del discurso que falta a la disposición del sujeto para restablecer la continuidad del discurso consciente”.
Muy cerca de Freud, para Martin Heidegger, la verdad se funda sobre la no-verdad, pues la verdad se encuentra bajo la forma del disimulo, dado que la errancia misma está en el origen de la verdad, a la que sólo se llega por el error, a la que sólo se pesca en el desliz, ya que la verdad y la no-verdad se pertenecen mutuamente.
A propósito de los lapsus tarugus del salinato, recordemos que en 1988, después de que una inesperada multitud sale a votar, espantando a tal grado a Carlos Salinas de Gortari que ordena la famosa caída de un sofisticado sistema de cómputo para realizar las elecciones más limpias y transparentes de la historia de México, una (pri)vilegiada mujer, que funge como maestra de ceremonias, a quien se le había prometido una secretaría de Estado, justo en el momento de la transferencia de la banda presidencial, es desbordada por un fatídico lapsus: “y ahora, el Presidente de los Estados Unidos de la palabra, hará uso de los...”. Un lapsus que corrige de inmediato: “el Presidente de los Estados Unidos Mexicanos hará uso de la palabra”. Un histórico y revelador lapsus del salinato, por el que la (pri)vilegiada desapareció de la vida política nacional. “El Presidente de los Estados Unidos de la palabra hará uso de los mexicanos”, resultó ser una verdad cuyas secuelas todavía sufrimos en estos aciagos tiempos postelectorales, pues es vox populi que el operador político de esta confrontación política es el creador de la “política ficción”, llevada hasta sus últimas consecuencias por una plutocraciamedioempresarial, humillando la soberanía popular. Un lapsus del salinato que desborda palabras precisas y verdaderas, pero desafortunadas para quien aspira a escalar los brunos peldaños del “poder”.
Hay lapsus que se explican por sí mismos. Al mismo Carlos Salinas de Gortari, durante su mandato, se le sale un lapsus al cerrar un pacto comercial con Alemania. Un lapsus que se desliza a través de una declaración televisada en vivo a su llegada al aeropuerto de la ciudad de México: “Es una fecha memorable para nuestro país esta invasión (en lugar de inversión) alemana. Deslumbrante lapsus, sobre todo si tomamos en cuenta que con él arranca el desencaminado proyecto económico, la carrera desenfrenada hacia el marketing globalizador y la política neoliberal en México. Este invasor lapsus de Salinas muestra que los mal llamados actos fallidos son decires cabales que no hacen más que acertar, avasallando la conciencia intencional. En la vida, decía Jacques Lacan, la verdad alcanza al error por la espalda, pues es una verdad que caza al error por el cuello de la equivocación. En realidad, la sabiduría popular lo sabe: las palabras que tropiezan son palabras que confiesan”.
Y en 1994, después del asesinato de Colosio, en la plaza de Guanajuato y en plena campaña, a Ernesto Zedillo se le desborda un lapsus del salinato: “Quiero ser el presidente de los pobres mexicanos”, en lugar de “los mexicanos pobres”. Un lapsus que no le costó mucho cumplir, más si tomamos en cuenta el rescate carretero y bancario, como pruebas fehacientes de una de tantas medidas autoritarias e impopulares de su gobierno.
En 2006, Felipe Calderón en el último debate, tratando de responder a lo que iba a hacer con los sueldos millonarios de los funcionarios, dice que “se establecerá un tabú”; un lapsus del salinato que corrige de inmediato: “un tabulador”. Asimismo, el señor Ulises Beltrán, pupilo del encuestador Mitofsky, en Monitor, el 2 de julio a las 9 de la noche, al tratar de informarle al periodista José Gutiérrez Vivó sobre el “empate técnico” entre Calderón y Obrador, por decir el PRD se le escapa un lapsus del salinato y dice: “el perderé”. Y al maestro Bastidas, analista de Monitor, a pregunta del mismo José Gutiérrez Vivó sobre el resultado de las elecciones, se le desliza un lapsus del salinato. “Es muy irresponsable que ningún candidato se declare ganador a partir del sistema de cómputo preliminar de las elecciones”, por decir “es muy irresponsable que algún candidato se declare ganador a partir del sistema de cómputo preliminar de las elecciones”.
Como declaró recientemente el licenciado Andrés Manuel López Obrador al periodista Jacobo Zabludovsky: “fuera máscaras. Qué bien que se despejen las cosas y que cada quien se ubique donde debe estar ubicado”.
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