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Hoy viernes 22 de diciembre 2006
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Cabuz, cuando el sueño era ser locomotora
Daniel Márquez Melgoza
Ayer miércoles nos desayunamos con la noticia de la venta de SICARTSA a un gigante mundial del acero, el consorcio español ARCELOR, que la adquirió de Grupo Villacero en mil 443 mdd (La Jornada, 20/12/2006). Gran negocio del industrial Julio Villarreal Guajardo, quien en 1991 la había adquirido de manos de Carlos Salinas de Gortari en 170 mdd, precio que representaba sólo la décimoquinta parte de los ingresos anuales de la empresa, que eran de dos mil 550 mdd.
Quién iba a pensar que aquellos viejos sueños del general Lázaro Cárdenas del Río, de aprovechar los yacimientos ferríferos Las Truchas, iban a terminar favoreciendo mayoritariamente los bolsillos de capitalistas españoles. Sueños que el general Cárdenas acarició desde su época de gobernador (1928-1930), después siendo presidente de la República (1934-1940), luego vocal ejecutivo de la comisión de la cuenca del Tepalcatepec y más tarde del Balsas y, finalmente, cuando muy brevemente fue presidente del consejo de administración de SICARTSA en 1969. Más de 40 años de ardoroso trabajo en aquellas inhóspitas regiones para planear y realizar estudios de todo tipo, que después permitirían construir carreteras, línea de ferrocarril, presas, plantas hidroeléctricas, puerto industrial de gran calado, tránsito de un pueblo a ciudad moderna; todo ello para facilitar la construcción y luego operación del complejo industrial siderúrgico que incluye “minas, plantas de concentración y tratamiento del metal, hornos, convertidores, molinos, subestaciones e infraestructura, considerada de las más grandes del planeta…”.
SICARTSA, “una de las joyas de la industrialización promovida y financiada por el Estado”, como le llama Carlos Fernández-Vega en su columna México, S.A. (Sicartsa: entrega a extranjeros lo que costó mucho al Estado, La Jornada 21/12/2006), vivió su primer Waterloo el 21 de diciembre de 1991, cuando la privatizó el gobierno salinista al entregársela prácticamente como regalo al industrial norteño Julio Villarreal Guajardo; y su segundo y peor Waterloo sucedió ahora, 15 años después, al ponerlo éste en manos del capital transnacional.
Con esta nueva hazaña de nuestra clase política, rondándome la cabeza, cruzaba la plaza Vasco de Quiroga el miércoles 20 de diciembre: la magna plaza se veía desolada y un viento gélido azotaba los rostros a pesar del sol y del cielo azul metálico de las once de la mañana, sobre el cual se recortaban las siluetas del ramaje desnudo de los viejos fresnos. Sobre el piso del andador el viento arrastraba la alfombra de hojas muertas de los fresnos; y aquí y allá se veían caer sin peso otras hojas amarillas.
La caída de éstas, que obedecen a un ciclo vital, me hizo reflexionar sobre si SICARTSA sería la primera caída, el primer desprendimiento de hojas, de los que habrá durante el sexenio calderonista para pagar la cuota de privatizaciones y venta de nuestra soberanía al capital privado transnacional, que desde hace 24 años hace nuestra clase política neoliberal en el poder. En defensa propia el calderonismo podría alegar que ellos apenas llegan y que la venta de SICARTSA supone negociaciones que suelen llevarse meses, tal vez años. Así es, nadie lo niega, pero lo que sí es cierto es que la culminación de ese mal negocio para México, bueno para su vendedor y comprador, tiene lugar en la era calderoniana, que se supone es de continuidad del saqueo vía privatizaciones de lo público y salvamento de los negocios privados con recursos públicos. El gobierno de Felipe Calderón se impuso el 2 de julio a costa de la legitimidad para dar certeza jurídica y política a las demandas de la globalización de la economía voraz de los grupos económicos transnacionales, a los cuales se rinden sin rubor tanto él como su clase política, como si de un mandamiento divino se tratara.
Qué diría el general Lázaro Cárdenas si le fuera concedido opinar de su viejo sueño en la costa michoacana, si supiera que aparte de haber perdido México SICARTSA, el puerto lo controla Hutchison Whampoa, que es una compañía de Hong Kong, y que el ferrocarril que desde Lázaro Cárdenas cruza Michoacán, le pertenece a la Kansas City Southern. Vaya fe en los inversionistas extranjeros o qué poca ambición hay en los inversionistas nacionales. Si el inversionista nacional es tan medroso ante la competencia extranjera, para qué entregarle las empresas del Estado mexicano, como ha estado sucediendo con algunas de las privatizaciones salinistas y zedillistas. Gracias a esa “agresividad” de nuestros grandes empresarios, hoy noventa por ciento de la banca es extranjera y 75 por ciento de la industria acerera también lo es, por mencionar sólo los nichos económicos extranjerizados más escandalosos.
Todo ello me da pie para hacer mención del cabuz que el CREFAL instaló en el interior de sus instalaciones, a un lado de su bella librería llamada La Estación. Prácticamente los gloriosos Ferrocarriles Nacionales son cosa del pasado, son en cambio hoy objeto de culto en museos o en proyectos como el que menciono, convertido en un pequeño centro cultural o sala de usos múltiples para exposiciones, talleres literarios, consultas de Internet, etcétera.
Los ferrocarriles por obra y gracia de nuestros gobernantes se habían convertido en una empresa que dejó de interesar hace varias décadas, a la que difícilmente canalizaban recursos para modernizarla; como si de una consigna se tratara, privilegiaron más el transporte carretero de carga que el de ferrocarril; antes que el transporte de carga había decaído el transporte de pasajeros, de modo que el ferrocarril se había convertido en un monstruo rodante inútil, absolutamente prescindible. Así, como suele suceder con las empresas del Estado mexicano, las condiciones fueron favorables para que un buen día fuera vendida la empresa nacional a inversionistas extranjeros. La línea michoacana fue vendida a la Kansas City Southern. Y hete aquí que nos sorprende la globalización y ahora el ferrocarril a Lázaro Cárdenas va y viene todos los días con decenas de vagones llenos de contenedores de mercancías de todo el mundo, pero el negocio ya no es nuestro, de mexicanos, como muy pocos de los grandes negocios y empresas en Lázaro Cárdenas, Michoacán, son de mexicanos. Estoy seguro que esos sueños que tuvo el general Lázaro Cárdenas en aquellos parajes costeros michoacanos, donde no había nada, sólo recursos naturales a explotar y aprovechar a condición de ser visiorario, no eran para ver a los mexicanos montados en el cabuz del tren del desarrollo, para mirar hacia atrás, sino para vernos mirando al futuro conduciendo la locomotora.
Hoy desde el cabuz del CREFAL son menos soportables los ensordecedores silbatazos y estruendo de vagones y contenedores a toda marcha, que varias veces al día hace en ambos sentidos el Kansas City Southern, cruzando paisajes michoacanos que quién sabe por cuánto tiempo podamos decir todavía que son nuestros.
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