Dudosa ineficiencia en la causa de las mayorías
Mientras escribo esta colaboración, decenas de miles de hombres y mujeres del campo marchan sobre las principales avenidas de la ciudad de México como una forma de hacer patente su rechazo a la entrada en vigor de la eliminación de aranceles para la importación de maíz, frijol, azúcar y leche en polvo de Estados Unidos y Canadá, previsto en el capítulo agropecuario del TLCAN hace 14 años, tiempo en el que nuestro gobierno debió haber preparado el terreno para competir, si no en igualdad de condiciones, al menos no en las de desvalimiento con que ahora se encuentran los productores de granos del país. La demanda común de las organizaciones campesinas es la revisión de las cláusulas del capítulo agropecuario, a lo cual se niegan el gobierno calderonista.
También se preparan contingentes de mexicanos nacionalistas para manifestar rechazo a la pretensión de privatizar Pemex por parte del gobierno federal y las trasnacionales petroleras, que como buitres se aprestan a hincarle el pico y las garras a la codiciada presa.
Muy intensas batallas sociales, pacíficas, nos esperan para reencauzar por las vías correctas los intereses mayoritarios de la nación, frente a una casta “globalizada” de políticos jóvenes e inexpertos, pero sí hábiles y osados cabilderos de intereses extranacionales. Dígase si no es México el paraíso de las empresas trasnacionales, pues aquí no tienen que gastar en cabilderos profesionales, dado que en nuestro país hacen las veces de tales nada menos que del Presidente de la República para abajo; al menos desde la Presidencia de la República de Miguel de la Madrid a la presente.
A la luz del fracaso de las políticas públicas en favor de los mexicanos, cabe preguntarse cuánto tiempo dedica la clase política en el gobierno a atender los asuntos de la población a la que constitucionalmente representa y cuánto tiempo dedica a atender los intereses de la clase empresarial privilegiada, por la cual la empresa Pemex es obligada a entregar la mayor parte de sus ganancias para integrar el presupuesto federal, con lo cual queda impedido de desarrollarse como la empresa mexicana más productiva que, a pesar de todo, es: produce con 8 dólares un barril de petróleo que se vende en 80.
Si la clase política gobernante dijera que dedica 100 por ciento de su tiempo a los asuntos públicos, la realidad la desmentiría o la presentaría como absolutamente inepta. ¿Por qué? No es posible dedicar tanto tiempo y recursos y tener los siguientes resultados, entre otros tanto o más lamentables: 60 millones de pobres muy pobres; un campo improductivo y a punto de recibir el certificado de defunción; una planta industrial nacional avasallada por una competencia internacional construida sobre bases que les aseguran ventajas insuperables sobre la débil competencia mexicana; una incontenible migración a los Estados Unidos, como única tabla de salvación, etcétera.
¿Cien por ciento de su tiempo y alcanzar tan pobres resultados? Entonces con todo derecho podríamos afirmar que nuestra clase política es inepta a carta cabal, como la que más. ¿Y cuánto tiempo dedican nuestros políticos a la casta de empresarios privilegiados, nacionales y extranjeros? Ahí sí, por los resultados podría pensarse que les dedican el cien por ciento o genéricamente un buen tiempo. Si el porcentaje es bajo, su nivel de rendimiento sería alto, más bien altísimo; si el nivel es alto, se dirá que hay correspondencia con los resultados, y ya.
La pregunta es: si al pueblo le dedican tan poco tiempo y le rinden tan pocos, tan magros resultados, ¿por qué se les paga con recursos públicos y con tanta generosidad? Y si a la clase política privilegiada les da tan altos rendimientos, ¿por qué no es ella la que le pague sus servicios?
Una política para
el agua, en Parácuaro
En muchos países el agua y su escasez ya es motivo de conflictos sociales y políticos. México no es la excepción. Con todo y la importancia que el agua tiene en nuestro país, se afirma que México va entre las naciones como si nada: sin política para el agua, según expertos: “Pasado el primer lustro del siglo XXI, México opera con indolencia, falta de previsión e irresponsabilidad en materia de recursos hídricos, y larva, así, una crisis futura, pero no muy lejana, en la que la escasez del líquido será detonador de conflictos sociales y políticos de dimensiones por ahora imprevisibles, pero sin duda graves y riesgosos para la estabilidad, la gobernabilidad y la capacidad misma de subsistencia de la nación…”
“…La mayor parte de la responsabilidad por el deterioro de los acuíferos corresponde, como se ha dicho, a los tres niveles de gobierno –federal, estatal y municipal–, en los cuales a la indolencia se suman las prácticas corruptas. Pero no basta con concebir y desarrollar una política para el agua; se requiere, en primer lugar, propiciar el surgimiento de la conciencia sobre el recurso, y ésa es tarea de la sociedad…” (Agua. México, Edición especial de La Jornada, 2005, 335 pp.).
Lo anterior me sirve de preámbulo al conflicto intermunicipal que se ha presentado en la cabecera municipal de Parácuaro, el pasado lunes 28 de enero: “Aludiendo posibles daños a los mantos acuíferos de esta cabecera municipal, más de 400 personas demandaron la intervención de las autoridades municipales a fin de suspender las obras de líneas de conducción e introducción de agua para seis localidades pertenecientes al municipio de Apatzingán. (Cambio de Michoacán, 28 de enero de 2008).
Es sabido que los manantiales de Parácuaro alivian las necesidades del vital líquido como agua potable de más de 60 por ciento del propio municipio, aparte de los servicios que da a la agricultura y la ganadería. La población se niega a que se continúe extrayendo el agua de sus manantiales, cuando éstos desde hace tiempo presentan síntomas graves y evidentes de agotamiento. Según se menciona en la referida nota informativa, dicha obra estaba programada desde hace seis años. Las autoridades de ambos municipios sí que están frente a un grave problema.
Lo real es que el agua es cada vez más escasa y por otro lado, día a día es más demandada, debido al crecimiento demográfico: se achica la oferta, pero crece la demanda, y se ahonda el problema social y político por incapacidad real para satisfacer esa demanda. Otro hecho innegable es que la disminución del agua tiene una causa inocultable: el uso irracional del bosque, auténtica y verdadera fábrica de agua.
La fábrica de agua de Parácuaro presenta una situación más cercana a desmantelamiento de sus instalaciones, que a ofrecer condiciones óptimas de salud ambiental. Hay dos vías de conocimiento de esta situación: puede bastar una detenida mirada a la sierra próxima, del cerro de La Guerra hacia arriba, hasta perderse hacia el norte o hacer un recorrido aéreo desde Satélite a través del Google Earth, para darse cuenta de que el arbolado y la capa vegetal son materia bastante escasa en grandes porciones de esos territorios serranos; ya ni se diga en la parte intermedia, en los lomeríos, donde parece que el desierto ya nos dio alcance. Se podría suponer que esos devastados territorios son las áreas de filtración de las cuales se alimentan los manantiales de Parácuaro. Sí, pero por fortuna no son las únicas áreas de filtración; debe agradecerse que los bosques de los municipios de Tancítaro, de Nuevo San Juan Parangaricutiro y de Uruapan aún estén mejor conservados, pues todo hace suponer que de ellos depende la abundancia acuífera de Parácuaro. Pero como van las cosas en esos municipios, a lo mejor el contento no dura mucho.
En conclusión, es imperativo que entre los tres niveles de gobierno se diseñe y aplique una política para el agua en Parácuaro y su región de influencia, hidrológicamente hablando. No sólo hay que distribuir el agua, sino sobre todo hay que reconstruir las condiciones para que las áreas de recarga de los mantos freáticos vuelvan a funcionar como tales; es urgente realizar programas de recuperación de suelos y de conservación de agua en los niveles superiores de la subcuenca de Parácuaro. De eso saben mucho la Semarnat y la Cofom; lo único que hace falta es voluntad política para ir al fondo del problema del agua en Parácuaro y municipios vecinos.
Impidamos que una sola gota que caiga en la tierra llegue al mar sin haber servido a la gente. No lo digo yo; lo dijo en el siglo XII Parakrama Bahu I, rey de Sri Lanka, citado por Amy Otchet, periodista del Correo de la UNESCO en entrevista al geógrafo estadunidense Aaron Wolf: “La improbable guerra del agua”.