Petróleo y alimentos, crisis de una clase política - La Jornada Michoacán
Usted está aquí: viernes 30 de mayo de 2008 Opinión Petróleo y alimentos, crisis de una clase política

DANIEL MÁRQUEZ MELGOZA

Petróleo y alimentos, crisis de una clase política

Habitantes de Cherán inconformes con el gobierno de Roberto Bautista Chapina se manifestaron en el Congreso del Estado a la espera de que diputados emitan un dictamen sobre el conflicto en la comunidad
Habitantes de Cherán inconformes con el gobierno de Roberto Bautista Chapina se manifestaron en el Congreso del Estado a la espera de que diputados emitan un dictamen sobre el conflicto en la comunidad Foto: IVAN SANCHEZ

De mis años infantiles tengo la imagen de la abundancia en el campo; viví entre arrozales, maizales y cañaverales; jugaba entre la granza y el arroz blanco recién pulido en los molinos; comía el ajonjolí a puños. Mi primer trabajo “profesional” pagado fue antes de los 10 años, cuando era costumbre en las tablas de arroz contratar niños para desyerbar los cultivos; decenas de niños avanzábamos en formación de una punta a la otra de las parcelas, inclinados, arrancando yerbas para dejar sólo las matas de arroz, haciendo pelotas con las yerbas y enterrándolas en el lodo con pisotones de nuestros pies enhuarachados.

Acompañaba a mi padre en todas las tareas implicadas en el proceso de principio a fin del cultivo y cosecha del arroz y del maíz, en su parcela. Y lo acompañaba también a veces en el proceso industrial del arroz, siendo él también maquinista en varios de los molinos de arroz que por aquellos años enfrentaban como agroindustrias la gran producción arrocera, que tenía por antecedente relativamente cercano la época de los afamados Cusi, por laboriosos e industriosos.

Sin embargo, en esos años que para mí eran de gran auge productivo en el campo, la gente del pueblo ya añoraba tiempos pasados en los que se vivía mejor, pues se decía que hubo más trabajo y el pueblo registraba una mayor animación comercial, como de fiesta permanente en la plaza y calles; las tiendas estaban muy surtidas y de las rancherías bajaban por montones a surtirse de víveres e implementos del campo para toda la semana.

En mis días de niño en el pueblo me tocó conocer la existencia de tres molinos de arroz: San Juan, La Perla y La Cofradía; en cuanto al cultivo de la caña, conocí el ingenio de azúcar de Los Bancos y un trapiche de piloncillo en La Coronguca. Para entonces ya habían dejado de producir el ingenio de El Valle y había desaparecido una legendaria hacienda, La Colorada, de la que todo mundo hablaba como si de Jauja se tratara, sin que en mis tiempos ya quedaran vestigios suficientes que sustentaran esa leyenda.

Antes de salir del pueblo, que fue a mis trece años, desaparecieron los molinos La Perla y San Juan, quedando sólo La Cofradía. Me estaba yendo del pueblo cuando se comenzaba a desmantelar el ingenio de Los Bancos; en uno de mis regresos de vacaciones me tocó ver a la entrada del pueblo un gran apiladero de fierros de lo que había sido ese famoso ingenio en la región de la Tierra Caliente, en el que los niños de entonces jugaban con inocencia sobre aquellos metales ardientes que habían dado movimiento a una industria que no hacía mucho tiempo había sido floreciente.

Fueron los años 50 en los que la gente salió del pueblo como granos que sin parar se fueran desgranando de una mazorca hasta quedar el pueblo con sus calles y sus campos casi como un olote vacío de granos. Llegaron nuevos cultivos, de algodón, de fruticultura y horticultura, que transformaron los campos; el mismo arroz tuvo un modo distinto de cultivo y se sembraron menos hectáreas, al igual que de maíz y otros cereales.

Eso pasaba en mi pueblo, sin embargo, a nivel nacional México todavía en los tiempos de José López Portillo tenía autosuficiencia alimentaria, y había preocupación gubernamental por que se mantuviera esa situación como política de Estado.

Y llegaron los neoliberales y las cosas cambiaron para el campo y para la industria petrolera, actividades y sectores que a partir de la época post lopezportillista se unen en la misma desgracia. Los 80 son los años del inicio del desmantelamiento tanto de la política agraria, como de Petróleos Mexicanos (Pemex).

Y dando un salto de 26 años, aquí nos encontramos en plena crisis del sector petrolero y del sector agrícola, y coincidentemente de ninguna de esas crisis hay alguien que se haga responsable. No es raro, pues México es el país de los crímenes perfectos. Echemos un rápido vistazo y nos convenceremos: nuestro gran patrimonio forestal desaparece no por falta de leyes que lo protejan, sino por falta de talamontes en la cárcel. Por cientos y miles se matan entre narcotraficantes, aunque se diga que vivimos un estado de derecho; se cometen descomunales robos a la nación, como con el Fobaproa y otros afines, sin que delincuentes de cuello blanco, de la banca y del gobierno, adornen y “dignifiquen” las cárceles; se cometen millonarios delitos de tráfico de influencias, en circunstancias en que se dan verdaderos conflictos de interés, sin que haya manera de castigar y escarmentar para detener esa perversa forma de corrupción con recursos públicos.

La crisis de Pemex consiste en que de pronto el gobierno se dio cuenta de que no tenemos suficientes reservas para sostener la plataforma de producción de crudos, que nos está dando tantos miles de millones de dólares, en una época en que el precio del petróleo se encuentra en una incontenible carrera a la alza. Para hacer frente a esa imprevisión en exploración para ampliar nuestras reservas petroleras y la producción de crudos, el gobierno de Felipe Calderón planteó una reforma petrolera que contempla resolver esa crisis con el decidido apoyo de inversión privada extranjera, contraviniendo las disposiciones constitucionales, que la prohíben. La oposición a que se burle a la Constitución Mexicana ganó la realización del debate sobre el petróleo que tiene lugar desde el 13 de mayo en el Senado de la República.

Y ante la crisis alimentaria que se anuncia con el alza de los precios internacionales de los granos básicos, en momentos en que somos deficitarios en la producción de maíz, arroz, frijol, trigo, y otros, por haber perdido desde hace años nuestra soberanía alimentaria, como consecuencia de las políticas impuestas por nuestros gobernantes neoliberales de desmantelamiento de la capacidad productiva de nuestro campo, el gobierno de Felipe Calderón anunció el pasado domingo un programa para enfrentar la crisis. Pero es un programa al puro estilo calderonista, de absoluta fe y confianza en el exterior, negándose a reconocer capacidades en el país propio. La solución no es un amplio programa de producción agrícola que tenga por meta la recuperación de la autosuficiencia alimentaria, en un plazo perentorio, sino la apertura total a las importaciones de granos básicos y otros alimentos, con el propósito de equilibrar el precio de esos productos; programa que favorece de manera principal a la empresas agroindustriales internacionales, acaparadoras de alimentos básicos.

Al ver el mensaje del presidente Felipe Calderón de este domingo 24 de mayo, me llamó poderosamente la atención el contraste de su actuación y sobre todo de su semblante, con el mensaje a propósito de que acababa de enviar al Senado de la República su propuesta de reforma petrolera. Durante su mensaje petrolero, su rostro era duro, nervioso, desencajado, con una voz insegura, vacilante el tono, sudando a ojos vistas, síntomas que uno podía interpretar que eran fruto de la gravedad del asunto que estaba tratando, pero sobre todo por la inseguridad que sin duda le daba exponer una propuesta tramposa, engañosa, de burla a un artículo constitucional tan caro a los mexicanos, el 27.

En cambio, en el anuncio del paquete de acciones para enfrentar el alza de los precios internacionales de los alimentos, el presidente Felipe Calderón tenía otra cara en las pantallas de televisión. Hasta parecía que se encontrara de gira en el extranjero, donde desde Vicente Fox para acá, los presidentes panistas parecen moverse más a gusto y a sus anchas. Escuchando el contenido de su discurso, de todas todas con razones para tener contentas a la empresas internacionales acaparadoras de alimentos en nuestro país, se entendía el por qué de ese cambio de actitud, relajamiento y buen ánimo. Por eso, para muchos, Felipe Calderón desperdició la oportunidad de apuntarse algo bueno, sumado a la causa de los mexicanos y su demanda de recuperar la soberanía alimentaria. En el petróleo y Pemex, el Presidente tiene la otra oportunidad de sumarse al verdadero rescate del patrimonio de los mexicanos.

 
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