Tras tocar fondo, soñar al menos...
Por dondequiera que se le vea, la realidad nacional y del estado dan para el pesimismo, considerando los temas que uno escoja: política, seguridad pública, economía, cultura, ecología. En mi caso, hoy me gustaría terminar el año con una nota optimista, con una mirada al futuro en el que se pueda prever algo de luz, así sea en un universo pequeño. Para ello me refugio en mi municipio (Parácuaro) y me pongo a observarlo en fotografías de satélite.
Qué dejan ver las fotografías: el área boscosa está casi totalmente deforestada, presidida en la frontera de transición climática por el cerro de las Vueltas, que como un guardián mira al bajo sur; pero un guardián lo suficientemente trasquilado para dar pena cuando se le observa desde el sur-sur, sureste y suroeste; en cambio su flanco norte conserva el verdor de pinos en una proporción para el optimismo mesurado.
Desde la cima del cerro de Las Vueltas, hacia el norte el municipio es territorio ganado por la desertificación, fruto de una despiadada explotación forestal y procesos de erosión en diversos grados, en el que quedan aislados lunares de pinos; de la cima hacia el sur y este, el territorio se ve totalmente desértico con escasa maleza baja, de tierras deseosas desde tiempos de la Creación, surcado por profundas barrancas que llevan agua a tierras abajo más afortunadas, en reducidas cañadas o ya de plano en el valle mismo amplio y fértil de su porción centro al sur.
La cercana frontera con el municipio de Tancítaro al oeste muestra pinares en franca desaparición frente a los argumentos que parecen inapelables del aguacate y sus promotores.
En la cabecera municipal, Parácuaro, famosa por sus abundantes manantiales de agua fría y cristalina, con la cual se irrigan varias decenas de miles de hectáreas y abastece las necesidades de agua potable de habitantes de gran número de localidades, la gente se pregunta por qué desde hace dos o tres décadas viene disminuyendo el volumen de agua de los manantiales. La respuesta no está para hacerse esperar: basta ver el dramático cambio que se ha operado en las áreas de filtración de agua de lluvia que son las zonas altas del municipio; si el agua continúa fluyendo en los actuales volúmenes debe agradecerse a los municipios vecinos: Tancítaro, San Juan Nuevo y Uruapan, que desde satélite muestran que sus procesos de explotación forestal, con todo y lo que ya acusan de avances en su deterioro, han sido más vigilados que el de Parácuaro; el de éste, definitivamente se ve que se aprovechó al máximo el aislamiento en que quedó la zona norte cuando dejó de ser camino carretero de paso a Uruapan y no hubo quién vigilara la alegre tala que ahí tuvo lugar. Al parecer la madera tomó la corta brecha a Nueva Italia, mientras que en la cabecera municipal de Parácuaro ni quién se enterara del tráfico de madera.
Apenas se toca fondo en una problemática dada, el optimismo debe ser la reacción inmediata, pues no hay un más allá en el sentido que se llevaba y en cambio quedan muchos niveles por ascender y en ese ascenso recuperar los niveles perdidos. Dado que en materia forestal el municipio de Parácuaro ya tocó fondo, lo que sigue es emprender acciones para regenerar las condiciones que tuvo en su escasa porción de bosques de pino y encino que le tocó en la repartición con sus vecinos.
Tras la debacle forestal del municipio de Parácuaro, el optimismo ganado nos debería llevar a conocer una declaración política de la importancia de preservar la salud de los manantiales de Parácuaro, con acciones en la zona norte, habida cuenta de los insustituibles y valiosos servicios que prestan a la agricultura y fruticultura de la región; y en reconocimiento a la contribución que debemos dar a nivel global para reducir las emisiones de carbono, evitar el calentamiento global y la destrucción del ambiente; y acto seguido ver a las instituciones correspondientes haciendo estudios de ordenamiento ecológico en el norte del municipio para cuantificarlo todo: número de hectáreas deforestadas, identificación de los diversos grados de erosión; identificación y cuantificación de fauna y flora existentes; determinación de las vocaciones naturales de los suelos de las áreas en estudio, etcétera.
Realizado lo anterior, nuestro desbordado optimismo nos debería llevar a ver la acción de las instituciones en la realización de programas intensivos de construcción de obras mecánicas de conservación de suelos y agua, con cargo a programas de empleo rural, en los que se emplearía a los ejidatarios del lugar; intensivo programa de reforestación, tanto del cerro de Las Vueltas como de toda la zona norte, con masiva participación de niños, jóvenes y adultos de la cabecera municipal, convencidos de que si son afortunados disfrutando los manantiales, les toca ser agradecidos correspondiendo con su mano de obra gratuita para la regeneración natural de las áreas de filtración de tan preciado líquido.
Tal vez la importancia ecológica del cerro de Las Vueltas lo lleve a ser declarado Area Natural Protegida, como recurso natural emblemático de esa zona de transición climática que, por otra parte, tantas veces transitó José María Morelos en sus idas y venidas entre Uruapan y Parácuaro, mientras vivió sus buenos diez u once años en la hacienda de Tahuejo. Cerro de Las Vueltas que además tuvo su aportación a la historia y a la leyenda, como refugio de temibles bandoleros, a los que los viajeros de la Colonia y del México Independiente en adelante, temían encontrar en cada una de Las Vueltas.
En dos años la carretera en su reapertura a Uruapan será una realidad circundando alegremente el cerro de Las Vueltas. Ese será un sueño realizado. A partir de esa realización cabe soñar otros sueños, como el de volver a “vestir” de verde ese cerro y todo el norte del municipio.