El grupo, proveniente de Bolivia, presentó ayer la puesta en escena Alasestatuas
Inaugura La Cueva el Encuentro Latinoamericano de Teatro
El primer Encuentro Latinoamericano de Teatro en Morelia se inauguró ayer con la presentación del grupo boliviano La Cueva, que exaltó lo esencial del teatro con su puesta en escena Alasestatuas, una generosa loa al hombre trabajador, al ciudadano común que resarce los golpes de la realidad con sus deseos de trascendencia, porque finalmente: el mejor oficio es soñar.
Esta agrupación procedente de Sucre, Bolivia, abrió el telón del encuentro dejando un referente de alta calidad para el teatro latinoamericano hoy. Su trabajo creativo es una apuesta por la integralidad del acto escénico, pues desde la propia dramaturgia Enrique Gorena y Darío Torres van construyendo una clara concepción del tipo de propuesta escénica que quieren plantear, la cual es complementada con la labor de dirección y el trabajo interpretativo. El resultado se traduce en un montaje unitario en todos sus aspectos.
Sin artificios, Teatro La Cueva desarrolla sobre la escena la historia de dos carpinteros, El Mario y Aniceto, quienes se ven sumergidos en una serie de conflictos que detonan por la “sencilla” aspiración de trascender, de dejar huella. De entrada, el grupo logra trascender ese sencillo argumento en una dimensión teatral que se construye a fuerza de creatividad, diversos recursos actorales y una hilarante dramaturgia. No hay que olvidar la profunda complicidad que sobre la escena despliegan Enrique Gorena y Darío Torres, complicidad que es también un recurso discursivo en la propia obra.
Un simple cajón de madera en el que El Mario trabaja afanosamente, se vuelve un recurso escenográfico que trastoca el hecho escénico al convertirse en una mesa de cantina, en un escusado, una mujer o un edificio desde el cual es posible suicidarse. En el uso de ese recurso, la dupla de actores, directores y dramaturgos, delatan su profunda conciencia de la escena que encuentra el complemento idóneo en un trabajo actoral que explora distintas técnicas de interpretación y un manejo de los planos espacio-temporales que sostienen el buen ritmo de la obra.
Pero, ¿de qué está hecha Alasestatuas?: de las aspiraciones del hombre común que pueden sintetizarse todas en el anhelo de trascender, pero también de las frustraciones que derivan de la realidad y sus convenciones sociales, como aquella que obliga a “engranarse en esa máquina casi perfecta”: la sociedad.
El Mario y Aniceto realizan su trabajo de carpinteros mecánicamente, pero la monotonía se rasga con el recuerdo de las vivencias y con las fantasías como aquella de que “la vida se dará cuenta que nos ha tratado mal, tendrá cargo de conciencia y querrá reivindicarse. ¡Nuestra vida será la eterna primavera”.
La amistad de ambos personajes es lo único con lo que cuentan, por eso después de cada momento de exaltación de la fraternidad expresan que “momentos como éste deben guardarse en el fondo del bolsillo”. La amistad y los recuerdos compartidos son su única moneda de cambio.
La pareja de amigos se ha dado 50 años de plazo para trascender, pero El Mario se pregunta: “¿cuándo será nuestro momento?”, y entonces echa a andar la máquina de sueños que ya no puede parar ni con los ojos abiertos. “Los que despiertan y se acuerdan de sus sueños, seguirán intentando”. Aniceto, en cambio, ha despertado y decidió aplazar la búsqueda de la trascendencia.
Teatro La Cueva realiza sobre la escena un amoroso reconocimiento al hombre trabajador, al que busca en distintos oficios el chance de trascender y en el intento se vuelve un lamentable espectáculo mediático. Pero la mayor trascendencia está en los valores humanos que se afirman en esa búsqueda de la trascendencia, uno de ellos, el más valioso desde la perspectiva de la Cueva, es la lealtad de la amistad que nos humaniza. Los amigos envejecen y El Mario ve llegar la muerte con la reivindicación esperada de la vida: “nuestra vida será como eterna primavera; siempre bien acompañados”.