Durante medio siglo la familia Vargas ha perfeccionado el arte de dar vida a la madera

Han esculpido miles de imágenes sacras, utilitarias, de ornato y hasta seres mitológicos Martín Equihua, corresponsal Pátzcuaro, 2 de junio.- Por tres generaciones, los

Han esculpido miles de imágenes sacras, utilitarias, de ornato y hasta seres mitológicos

Martín Equihua, corresponsal

Pátzcuaro, 2 de junio.- Por tres generaciones, los Vargas han esculpido millares de figuras sacras, utilitarias, de ornato, personajes de mitologías fundadoras de la humanidad moderna e inequívocos protagonistas de grandes obras de la literatura universal. Su docena de talleres está sembrada en la avenida empedrada que conduce al embarcadero general.

Múltiples figuras labradas en toda clase de maderas, desde las que aluden a la belleza humana propia del canon griego o romano, pasando por ángeles o arcángeles que no terminan de levantar el vuelo; hombres históricos y hasta encargos esculturales de personas que dejaron de ser de carne y hueso, a quienes sus familiares perpetúan con la sonrisa labrada en cedro o parota.

Sobresale la figura de Cristo, esculpida en toda madera posible, casi siempre crucificado, castigado, con el rostro sufriente, implorando, para tormento perenne de los cristianos que no terminan de ser buenos ni malos. Es la pieza que más esculpen, que más venden, en todas las advocaciones posibles, pasando por el Cristo de Carácuaro, el de San Juan Nuevo y muchas más, en esa incomprensible multiplicación de cualidades que descubren en cada localidad. Pero también han esculpido diversas formas de la Última Cena, esa representación del fundador del cristianismo al despedirse de sus apóstoles porque el cordero, como les habría dicho, iba a ser sacrificado.

Hace un par de semanas, no bien salidas de las manos adiestradas de Jesús Vargas, compradores se arrebataron un par de medusas de casi dos metros. Figuras sin la expresión dramática que a la antigua sacerdotisa le dejara la maldición de la diosa Atenea. Con el rostro hermoso como cuando la tomara Poseidón, antes de ser convertida en el monstruo de la mujer más sola de la creación, recluida en una isla con la desdicha de no tener más, nunca más, varón a su lado. Piezas con cabelleras de serpientes que petrificaban la emoción de los mirones. A la mirada seductora de esas medusas de cedro y parota, sólo le faltó sucumbir antes de su venta, ante Perseo, quien decapitara a esa criatura griega por excelencia.

Pero también hay otros símbolos del mal, o del bien, según se les vea, como la llamada santa muerte, ese espectro descarnado cuyo culto crece propagado desde Santa Ana Chapitiro. Rafael aún recuerda la primera que hizo por encargo, “de tamaño natural”. Y como tardaron en ir por ella, su silueta no dejaba de inquietar, sobre todo en las noches.

 

Ruedas de carreta que no paran

El abuelo Jesús Vargas Molina fue el maestro de todos. Trabajaba las ruedas de carreta en fresno, y las hacía muy macizas, se usaran de adorno o de transporte. Le siguieron sus hijos Salvador, Moisés, Antonio, Rafael y Francisco. Y hoy, a ellos se ha sumado una tercera generación con varios jóvenes, cada vez más refinados.

Se trata de un arte con medio siglo en manos, gurbias y formones de este tronco familiar originario de Zirahuén, que empezó haciendo frutas para laquear y cucharas, hasta que alguien pidió un Cristo que, desde su cruz, los armonizó con una tradición artesanal purépecha.

Es un clan donde cada uno tiene su sello personal, su estilo y acabado, y hasta su madera favorita. Trabajan con aguacate, fresno, sauce, gigante o eucalipto, madroño, parota, cedro rojo, palo balsa o escobetillo y casorina. El arte está en descubrir la figura oculta en cada tronco, nos dice Rafael Vargas, y una vez que aparece en la imaginación, se dan algunos trazos y sin dejar la imaginación por un lado, y las gurbias y formones bien afilados, el tiempo premia.

Hijo de Moisés, Esteban Vargas es un joven de 18 años que mueve sus herramientas como maestro. Recuerda un rostro sacro que le llevó más tiempo del normal, y al terminar le resultó como una prueba para asumirse como digno escultor en la tradición de los Vargas.

Otros, también de segunda generación como Ramón Vargas, hijo de Jesús, se han especializado en figuras religiosas, pero sobre pedido igual y hace un lobo aullando, como el que encontramos entre los filos de sus formones.

Ramón sabe que los rostros de madera también cambian el gesto, y que eso depende del “estado de ánimo de nosotros mismos”, pues aunque se trate de una misma pieza, al repetirla no sale igual, por mucho que uno busque la igualdad, “las expresiones cambian de una pieza a otra, como en las personas, hay veces que uno llega con las ganas bien puestas y se refleja en los rostros de la madera… y otras que no”.

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