Juan Nepote Las manos son un instrumento fundamental para asir directamente el mundo, pero también para percibirlo. Desempeñan un papel decisivo en el aprendizaje;
Las manos son un instrumento fundamental para asir directamente el mundo, pero también para percibirlo. Desempeñan un papel decisivo en el aprendizaje; interactúan íntimamente con el cerebro para alimentar el desarrollo del pensamiento y la creatividad. La mano –más o menos 27 huesos, ocho músculos, tres nervios y dos arterias principales, un conjunto de venas, tendones, vasos sanguíneos, cartílagos, grasa– maniobra para volvernos inteligentes; gracias a ella nos llevamos bebida y comida a la boca, provocamos la vibración de las cuerdas de los violines, fabricamos herramientas. A la mano, “delicada y poderosa” aseguraba el admirable anatomista sir Charles Belle, la utilizamos de la misma manera en que respiramos: sin darnos cuenta. Porque sucede que nos olvidamos de ella hasta que recordamos o nos recuerdan que siempre hay que tener las manos limpias.
Mano, limpieza y buena salud se nos presenta como una obviedad incuestionable, un triunvirato que parece haber existido eternamente. Y sin embargo, esa urgencia por tener las manos limpias no es cuento largo.
Parir, luego morir
En otro primero de julio como hoy, en un paisaje bien distinto a este México de domingo electoral, nació Ignaz Philipp Semmelweis, dentro de una familia de origen alemán asentada en la ciudad de Buda, junto al paso del río Danubio, en Hungría. Defraudado de los estudios de Derecho, supo marcharse a tiempo a la capital de Austria para formarse como médico en el Hospital General de Viena, donde entró a laborar como parte del equipo de maternidad del antiquísimo hospital que ofrecía –y hasta la fecha lo hace– atención médica gratuita. Fresco y entusiasta, curioso y metódico, muy pronto Semmelweis se interesa por un asunto que a nadie más parece preocuparle: una gran cantidad de mujeres que acuden al hospital para tener un parto es víctima de fiebre puerperal, esto es, un aumento considerable de temperatura inmediatamente después de haber parido. Todavía más relevante: hasta más de la mitad de las parturientas enfermas muere. Y nadie puede hacer nada al respecto, nadie está dispuesto a probar una solución. Aquello era normal, lo de todos los días para los médicos de la primera mitad del siglo XIX, cuando se desconoce la función de los microorganismos en la transmisión de las enfermedades. Además, la mayoría de los nacimientos ocurre en casas particulares; quienes acuden al hospital lo hacen obligados por la pobreza, la vergüenza de un hijo ilegítimo o alguna complicación de salud.
Semmelweis confirma varias veces las cifras, revisa los hechos, apura algunas inferencias: en el Hospital General de Viena existen dos áreas, la Clínica Primera y la Clínica Segunda, con datos desproporcionados; en la Primera fallece el doble (y a veces más) de pacientes que en la Segunda.
La atmósfera, el
cosmos, los temblores
A mediados del siglo XIX se dice que la fiebre puerperal es causada por el proceso de producción de leche materna que supuestamente se acumularía en otras partes del organismo hasta producir enfermedades; también se cree que forma parte de aquellas influencias epidémicas; es decir, que su causa son los “cambios atmosférico-cósmico-telúricos”. Sin embargo, medita Semmelweis, si las condiciones atmosféricas, los astros o el movimiento del suelo terrestre tuvieran una influencia representativa, ¿por qué la fiebre no se convierte en una epidemia que contamine al hospital entero, que destruye completamente la ciudad de Viena? ¿La causa es la mala alimentación de las madres, el uso del fórceps, deficiencia en el esperma de los padres, la postura de las mujeres durante el parto?
Pasan las semanas y los meses, hasta que en marzo de 1847 un profesor del hospital hiere su mano accidentalmente con el bisturí que él mismo había empleado para practicar una autopsia. Como consecuencia, muere después de un sufrimiento prolongado. ¿Los síntomas? Inflamación de venas, múltiples infecciones en la piel, exceso de pus. Prácticamente idénticos a los que se experimentan con los casos de fiebre puerperal; una confirmación de cierta hipótesis que Semmelweis se había guardado para sí mismo: es posible contraer la temida fiebre que conduce a la muerte sin necesariamente haber tenido un parto. El cúmulo de pruebas, la atenta mirada, la imaginación científica de Semmelweis terminan el trabajo: su colega, el profesor de medicina forense Peter Kolletschka, dejó de vivir por la simple razón de que su sangre se infectó. Ciertos residuos del cuerpo sobre el que realizó la autopsia –la llamada “materia cadavérica– se coló en el escalpelo que zanjó su mano, enfermándolo, matándolo. Un razonamiento extraordinario, el de Semmelweis, inédito en la medicina.
Embebido en el entusiasmo del científico experimental, Semmelweis puso a prueba sus ideas: obligó a todo estudiante y doctor a lavarse las manos antes de entrar a las salas. La mortalidad se redujo al instante y de manera consistente con el paso de los días y los años; en la fiebre puerperal no había ni orígenes epidémicos ni era una mal solamente de parturientas y la estadística dio la razón a Semmelweis, hasta el punto de que después de 1848 prácticamente ninguna mujer murió por este padecimiento en la Clínica Primera del Hospital General de Viena.
El difícil arte de tener la razón
Pero la realidad tiene sus antojos ingobernables: en Hungría, aquellos fueron los años de las revueltas independentistas contra el imperio austrohúngaro, y en ese contexto Semmelweis fue expulsado en 1849 del hospital en el que se había educado y para el cual trabajaba. Sus propuestas terminaron por ser rechazadas y los médicos dejaron de desinfectarse las manos antes de acceder a la sala de maternidad. Después de vagar por diferentes geografías, consiguió instalarse en la novísima ciudad de Budapest y construirse un prestigio que, sin embargo, era intrascendente fuera de la capital húngara. Las muertes de madres europeas a causa de una fiebre que podría evitarse seguían en aumento, así que Semmelweis publicó su doctrina y la envió a Francia, Alemania, Inglaterra. Obtuvo poco más que silencio. Lo que para él representaba con nitidez la prueba y el remedio, para el resto de sus colegas las manos limpias eran una tontería.
En 1865, Ignaz Semmelweis murió joven –pero avejentado, demostrando una conducta irracional, calificado de psicótico autodestructivo, desesperado, aislado– a causa de una infección en la sangre. Paradójica, irremediablemente, fue víctima –en más de un sentido– de la enfermedad que había combatido casi toda su vida.
En los años siguientes Louis Pasteur y Joseph Lister, con otro ritmo y mejor fortuna, continúan las empresas del alemán Friedrich Henle, del inglés Edward Jenner y del húngaro Semmelweis. Vendrá finalmente el reconocimiento mundial del valor de la antisepsia, que a partir de entonces habrá de convertirse en un principio de aplicación general para todas las cirugías: matar con calor los gérmenes que pueblan el ambiente y los objetos, limpiar las heridas y los instrumentos médicos, lavarse las manos. Y lavarse otra vez las manos.
El sinuoso triunfo
de la antisepsia
Esta historia la cuenta –es decir, la revive, la reflexiona y la reinterpreta– de manera magistral José Antonio López Cerezo en El triunfo de la antisepsia. Un ensayo en filosofía naturalista de la ciencia (Fondo de Cultura Económica) un libro profundo, en el mejor de los sentidos, y contundente. Un claro y memorable análisis, desde el enfoque de los estudios sociales de la ciencia de “algunas de las décadas más fascinantes de la historia de la medicina”, un instante congelado en el tiempo que pasa desde la desesperación por entender de Semmelweis (“El parto con una dilatación prolongada conducía casi inexorablemente a la muerte”…) hasta la serenidad derivada de la comprensión de Pasteur (“Bajo la expresión ‘fiebre puerperal’ se agrupan enfermedades muy diferentes, aunque todas son resultado del crecimiento de organismos comunes cuya presencia infecta la pus formada naturalmente en las superficie heridas…”).
Menos de 20 años apenas, pero suficientes para fortalecer la dimensión científica de la medicina, salvar una gran cantidad de vidas, colocar los cimientos para sostener el monumento a Ignaz Semmelweis –héroe mundial y “salvador de las madres”– y componer para siempre una oda a las manos limpias.