Locura americana

Gustavo Ogarrio James Holmes es el nombre que circula como el emblema último de la locura americana, como el modelo puro de un sujeto

Gustavo Ogarrio

James Holmes es el nombre que circula como el emblema último de la locura americana, como el modelo puro de un sujeto que experimentó radicalmente su manera de vivir el credo cultural del capitalismo salvaje. James Holmes, otro nombre que se suma a las pesadillas domésticas en colegios, supermercados, centros comerciales, salas cinematográficas, edificios públicos que estallan o que son escenarios de una muerte colectiva, prefigurada y trabajada hasta el hartazgo en su simbolismo por el cine de Hollywood: la apropiación fetichista del espectáculo por sujetos que han borrado la distancia con sus propias fantasías.

Holmes presentó al mundo un ritual espeluznante, la madrugada del viernes 20 de julio en Aurora, Colorado: el asesinato de 12 personas, con más de 36 heridos, en una función de estreno de la última película de Batman. Holmes, el asesino que ahora se muestra con la mirada y el semblante perdidos en el juicio que comienza en su contra, al vivir las consecuencias de su fantasía cumplida, se nos aparece más como una víctima de su propia locura, de su propia cultura, del extravío demencial entre lo imaginado y lo real. Sin embargo, con todo sentido de la distancia, sería imposible afirmar que Holmes es, simplemente, víctima de su propia época, de ese entramado que lo llevó a escenificar la aniquilación y el asesinato de otros sujetos que para él eran, simplemente, los actores secundarios del drama de una fantasía cinematográfica, los daños colaterales. No es menor el dato de esta horrorosa escenificación. Holmes irrumpió frente a la pantalla con una vestimenta muy parecida a la de un personaje del filme que en ese momento presenciaban los espectadores y comenzó a disparar; muchos de estos espectadores pensaron que la irrupción de Holmes era parte de una “sorpresa” de los promotores de la película. La fantasía de Holmes también implicaba el “montaje” total de su propio guión cinematográfico: colocó explosivos en su domicilio, con plena conciencia de lo que desencadenaría el “perfomance” demencial.

Bajo la óptica que se concentra en las causas personales que llevaron a Holmes a cometer este asesinato múltiple, la de su fantasía como relación esquizofrénica entre conciencia y realidad, que es la óptica del espectáculo visto como realización extrema y personal de una imaginación cuyo núcleo simbólico está en el contenido mismo del grueso de las películas que actualmente se manufacturan en Hollywood, es hasta cierto punto imposible plantear la dimensión política y cultural del hecho. La simbiosis entre fantasía y asesinato es más amplia. Podemos advertir: para que la fantasía de Holmes fuera posible, debía ser posible también la adquisición relativamente sencilla de los “insumos” de la fantasía; la facilidad con la que se pueden comprar armas y explosivos en Estados Unidos.

En JFK, una película que causó un gran impacto en su momento, 1991, ya que pudo nombrar con claridad una hipótesis poco difundida a nivel masivo sobre el asesinato de John F. Kennedy, dirigida por Oliver Stone, encontramos la contraparte estructural de la demencia de Holmes, el poder político que se encuentra en el lado oscuro de la cadena de impunidades que hacen posible asesinatos como los que cometió Holmes la aciaga noche del viernes. El poder político de la industria armamentista en Estados Unidos sería de tal magnitud que estaría detrás del asesinato de John F. Kennedy, pero también de la imposibilidad de imponer un control en la compra de armamento “doméstico”, del tráfico a gran escala del armamento que surte las diferentes “guerras” que se llevan a cabo en el mundo, de la manera en que la sociedad mexicana se está armando gracias al tráfico de armas que viene de Estados Unidos; de las tardes grises en que Holmes compraba legalmente armas y explosivos que serían la materia prima de su fantasía.

La raíz emocional del consumo indiscriminado está muy cerca de una pulsión de muerte expresada como espectáculo. Una simbiosis entre asesinato y espectáculo. Sin embargo, es inaceptable la idea de que fue un “performance” lo que Holmes escenificó, además de un asesinato múltiple. Asumirlo como tal sería seguir la lógica del asesino, reproducir en nosotros su ruta siniestra. Leerlo como Holmes quería ser entendido. No obstante, en muchos de los programas de radio y televisión dedicados al mundo del espectáculo en México, esta última ha sido la interpretación que se ha impuesto: ver a Holmes como un loco al que se le ocurrió llevar a cabo una fantasía, un hecho aislado sin ninguna relación con el lado oscuro de la cultura de masas o con la política armamentista que estructura la toma de decisiones del gobierno de Estados Unidos.

El mayor terror de estos asesinatos es pensar en su significado vacío, su patetismo radical en la ausencia de sentido, una locura que no encuentra los resortes digamos “comunes” en la comisión de cualquier asesinato: poder, amor, dinero, venganza, etcétera. Lo terrorífico es imaginar que el crimen mismo está concebido por su autor como espectáculo.

Afirmar que este asesinato es la expresión de una locura engendrada en las últimas décadas en la cultura de masas en Estados Unidos es tan simplificador como elocuente. Desde la perspectiva jurídica, puede ser como una complicidad a bajo precio con el autor. Aceptar su locura es, de algún modo, justificar el lado inconsciente del crimen, es quizás una manera muy sofisticada de la impunidad: tipificarlo como un loco que vivió, hasta sus últimas consecuencias, la esquizofrenia de su propia sociedad. Sin embargo, quizás sería mejor asumir que esta locura es una metáfora, una analogía, una manera de nombrar los límites de una sociedad cuya demencia individual es construida socialmente; el resultado de responsabilidades más amplias. Podemos afirmarlo con un contrasentido: una locura que se configura por momentos amplios de conciencia y de responsabilidades políticas que se nos aparecen como indirectas, pero sin las cuales es imposible comprender la puesta en escena criminal de Holmes; una articulación entre el fetichismo del mercado capitalista, visto como espectáculo de mercancías y figuras de culto, en su versión más enajenante, el poder político y estructural de la industria armamentista, y la permisibilidad estratégica y funcional de este armamentismo por parte del gobierno de Estados Unidos.

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