Los acorazados

Gustavo Ogarrio Durante todo su sexenio Felipe Calderón se esforzó en representar año con año una escena que ya no estaba hecha para él:

Gustavo Ogarrio

Durante todo su sexenio Felipe Calderón se esforzó en representar año con año una escena que ya no estaba hecha para él: la del informe presidencial como el Día del Presidente, sólo que ahora desposeída del acorazamiento del Poder Legislativo como simulación republicana y más bien como una nostalgia concentrada en el protagonismo y la complacencia desmedidas del Presidente. Si los aplausos en el Congreso de la Unión significaban en los antiguos informes presidenciales una manera de proteger al Presidente respecto a cualquier impugnación, crítica o gesto republicano que le obligara a efectivamente rendir cuentas ante el Poder Legislativo, los aplausos que Felipe Calderón ha recibido en sus mensajes anuales que simulan un informe no pueden más que significar una degradación complaciente de aquellos rituales propios del antiguo régimen. Calderón no sólo heredó una presidencia aséptica, intocable e indiferente, también se encargó de profundizar su desvinculación republicana con los otros poderes. El sexto mensaje presidencial de Calderón, con motivo de lo que debería de ser su sexto informe de gobierno, al suplantarlo simbólicamente, lejos de terminar con uno de los rituales más extravagantes de una cultura política autoritaria, lo ha transformado en el signo de otra época que se define por la transparencia de un poder político indiferente respecto a los poderes del Estado y los ciudadanos.

Sin embargo, este gesto de autocomplacencia presidencial no es casual ni tampoco aislado, nos indica una concepción del poder político de mucho mayor alcance. Calderón ha lanzado una campaña mediática de despedida en la que se pasea solitario por los jardines mientras se van enunciando los supuestos “logros” de su sexenio. Las imágenes de un Presidente reflexivo, que concentra la falta de autocrítica en un amargo adiós en el que insiste en presentar un sexenio cuyas aportaciones sólo serán comprendidas con el tiempo, no es más que una forma sumamente actual de concebir el poder mismo, la nitidez de un poder político autista, sin ninguna concepción pública del Estado ni de la rendición de cuentas, estrictamente mediático. Podríamos afirmar que Calderón expresa el lado amable de un poder político acorazado, la soledad final de una presidencia extraviada, irreflexiva, cuya apuesta mayor de legitimidad ha sido un fracaso rotundo –la guerra contra el crimen organizado y sus “daños colaterales”–, un fracaso con su legado de muerte y su ya estrepitosa caída que tiene que pactar su propia transición y transmisión para no transformarse en una presidencia cuyas decisiones y efectos puedan ser impugnados en los tribunales. Desde una perspectiva weberiana del poder, Calderón no sólo es el responsable de implementar una determinada política pública que “falló”; bajo una ética de la responsabilidad, debería ser responsable también de los efectos destructivos de esta política.

Pero la soledad de Calderón al final de su sexenio puede significar también su legado para la presidencia que vendrá, un rasgo de continuidad en este ciclo de crisis de legitimidad electoral, el cual se abre precisamente con las elecciones de 2006. En este sentido, Calderón y Peña Nieto serán comparativamente analizados en la forma en que hicieron frente a sus respectivas crisis de legitimidad electoral. Ya sabemos que Calderón optó por una guerra insostenible en su concepción, estrategia y efectos; ahora veremos la manera en que Peña Nieto resuelve su propia situación de ilegitimidad. En este sentido, no es nada halagador el fallo del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. La contradicción es tan abrumadora que la declaración de validez de la elección presidencial puede ser entendida como el momento final de una larga cadena de impunidades. No sólo en lo que se refiere a la posible invalidez de la elección. Al margen de esa impugnación de fondo, fue más que evidente que el Tribunal dejó de lado sus facultades de investigación judicial y protección de los derechos políticos de los ciudadanos, para emitir un fallo que más bien se encargó de litigar en contra de las acusaciones contra la ilegalidad y presunción de delitos en favor de la candidatura de Peña Nieto. Una salida que confirma la ecuación de la impunidad más sofisticada en México: se advierte que hubo irregularidades pero éstas son prácticamente indemostrables a los ojos de la justicia.

En lo que se refiere a este ejercicio de “protección” del poder político, no sólo aquel que se manifiesta enfáticamente en las camionetas y autos blindados, las escoltas armadas, los aviones personalizados, la invisibilidad pública compensada por la visibilidad mediática, Peña Nieto y su futura presidencia también tendrán un origen similar y que fácilmente se podrá articular al autismo heredado de Vicente Fox y de Felipe Calderón. Enrique Peña Nieto ha cumplido impecablemente con la concepción de acorazamiento con la que ahora se maneja el poder político. Basta recordar, con toda la fuerza de su simbolización, las imágenes iniciales de su estrategia mediática de campaña que lo mostraban solitario, recorriendo un país prácticamente deshabitado, lugares públicos vacíos en los que Peña Nieto se encontraba con unos pocos elegidos que lo vitoreaban y abrazaban desde sus “humildes” espacios domésticos. Así llegó el fatídico 11 de mayo de 2012, en el que Peña Nieto dejó de caminar solitariamente para presentarse en la Universidad Iberoamericana y enfrentar el desafío de lo público, el intercambio con la incómoda realidad política en la que no cabían los abrazos corporativos, sino la impugnación a lo que representaba como actualidad de un pasado vergonzoso. 

Tal parece que una de las estrategias del poder político actual, ante la crisis de credibilidad de todo el sistema político, es una renuncia abierta a lo público y un vehemente repliegue hacia los espacios mediáticamente controlados, personalizados, íntimos, simplemente acorazados.

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