Carlos Salinas de Gortari: el intempestivo redentor neoliberal

Gustavo Ogarrio Una nueva incursión intempestiva del ex presidente Carlos Salinas de Gortari tuvo lugar mediante una entrevista con el periodista Rogelio Cárdenas Estandía,

Gustavo Ogarrio

Una nueva incursión intempestiva del ex presidente Carlos Salinas de Gortari tuvo lugar mediante una entrevista con el periodista Rogelio Cárdenas Estandía, para el diario El Universal, que fue publicada el lunes 10 y el martes 11 de febrero.

Si es posible advertir algún tono en la entrevista éste es el de un Salinas en plena campaña retrospectiva por la redención de su figura en el turbulento año de 1994. Están a favor de Salinas el contexto actual de restauración que se impone desde la clase política a la sociedad mexicana, el nuevo ciclo de reformas neoliberales y, en particular, la puesta al día del furor privatizador del presidente Enrique Peña Nieto y su logro histórico más avanzado en la materia: la privatización del petróleo.

En esta redención de su gobierno (1988-1994) y de su imagen, Salinas mueve una pieza más a su favor, un gesto ideológico que intenta recomponer la interpretación del pasado para salir venturoso en la batalla por el sentido de la historia reciente de México. Salinas lanza un sutil y temerario anacronismo: “Lo que vivimos en ese inicio de 94 fue un intento de descarrilamiento del gobierno como respuesta al proceso reformador tan intenso que habíamos llevado a cabo”. El levantamiento del EZLN del 1 de enero de 1994 queda reducido a las cenizas de un “anticlímax” mediático que más bien impidió contemplar la magnitud de la obra maestra del gobierno salinista: el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Salinas no sólo acomoda las piezas para hacernos ver que lo que “hoy perdura son precisamente los resultados de esa gran reforma… ese instrumento que es el TLC”. Es evidente que el TLCAN ha sido un fracaso rotundo en todos los órdenes económicos y productivos para México, que lejos de integrarnos a la América del Norte ha reforzado nuestra histórica servidumbre con el gobierno de Estados Unidos. En materia agraria, el TLCAN ha significado progresivamente uno de los golpes que han desmantelado literalmente la capacidad productiva del campo mexicano; las condiciones de competencia de la producción agrícola entre los tres países que firmaron el TLCAN son absolutamente desiguales y México en esto se ha llevado la peor parte. El asunto con las declaraciones de Salinas ni siquiera es su posibilidad de verdad histórica: la cuestión es el modo en que el ex presidente acomoda estas ficciones para sostener la escisión entre realidad y verosimilitud.

Muchos han calificado de mitómano al ex presidente y han tomado sus declaraciones como logrados ejercicios de ficción política, en el mejor de los casos. Es una manera muy fácil de evitar el análisis puntual de esta mitomanía. Más bien, Carlos Salinas de Gortari sigue siendo un síntoma (en el sentido psicoanalítico de la palabra) de la cultura política mexicana; en él se expresan todas esas pulsiones destructivas del poder político, los mitos que gobiernan la relación entre discurso y realidad, más bien el cisma permanente entre lo que se dice, lo que es posible decir y lo que no está permitido decir; la manifestación indirecta de una patología de la política en México. Si es verdad que el discurso político mexicano se mueve en situaciones paralelas, que por un lado tenemos el “país real” o por otro el “país imaginado”, con Salinas esta escisión llega a niveles fastuosos de retórica.

También se advierte en Salinas una poderosa nostalgia actuante por un presidencialismo atroz; un modo unilateral de repartición discursiva del poder político está presente en cada una de sus declaraciones. Salinas habla desde el púlpito de lo irrefutable, su comprensión de la realidad política nunca está a prueba, su “diálogo” es siempre el monólogo de aquel que no está dispuesto a poner en riesgo su propia comprensión del proceso histórico. Salinas, el gran maestro de las apariciones reivindicatorias a favor de sí mismo, que antes ya había buscado salvar su figura y su particular aplicación ideológica del neoliberalismo, al que insiste en matizar como “liberalismo social”, ahora realiza un esfuerzo declarativo para ponerse a tono con el nuevo ciclo reformista y acomoda el pasado reciente para que encaje perfectamente con la sintonía del gobierno de Enrique Peña Nieto.

Carlos Salinas de Gortari se oculta entre los escombros de su gobierno para relanzar su figura como una víctima más de ciertos “intereses afectados”. Recurre a la vieja teoría de la emergencia de “elementos desestabilizadores”, a la teoría hasta cierto punto esquizofrénica del complot contra su gobierno; finalmente, continúa la siguiente fase de esa campaña de victimización que comenzó con su huelga de hambre de marzo de 1995. El implacable Salinas de Gortari, a 20 años de la terminación de su gobierno, tira los dardos necesarios para reivindicar su figura y estar a tono con el espíritu restaurador del PRI y con el relanzamiento de lo que a final de cuentas parece obra suya: el neoliberalismo a la mexicana.

¿Qué le interesa a Salinas transformar en términos de interpretación en la historia reciente de México? La infinita carga de impunidad, negligencia y corrupción asociada a su nombre y a su actuación política. La sombra culposa de él mismo y de su hermano, Raúl Salinas de Gortari, en el andamiaje de los asesinatos políticos del 94, el de Luis Donaldo Colosio y el de José Francisco Ruiz Massieu. La reivindicación histórica del neoliberalismo, al que eufemísticamente llama “liberalismo social”, para darle también su sello personal. La simplificación del levantamiento zapatista de 1994, el EZLN en su momento prácticamente borró cualquier argumento salinista que hubiera querido regatearle su legitimidad. Ahora, la venganza discursiva de Salinas contra el zapatismo es este intento de reducirlo a un simple complot en su contra. Salinas también ejerce el arte de la ucronía en contra del ex presidente Ernesto Zedillo, contra su gobierno (1994-2000), para afirmar: “no hubiéramos tenido error de diciembre con Colosio”. Es decir, le atribuye la crisis económica de diciembre de 94 a la negligencia de Zedillo y, por si fuera poco, monta la escenografía de su relación sin rupturas con Colosio para lavar su figura ante el magnicidio de Lomas Taurinas. Cuando Salinas intenta liquidar la figura de Manuel Camacho Solís como el protagonista incómodo en la negociación de la paz con el EZLN en 1994, quizás nos está entregando, paradójicamente, algo de su propia definición histórica: “mire, cuando las gentes se vuelven irrelevantes buscan cómo recuperar cierta relevancia, y entonces generan una cierta idea y se ubican como los únicos posibles, pero eso es una condición humana comprensible”.

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